Peaky Blinders, y el debate sobre los límites del molar

Extenso está siendo el debate sobre los límites del humor, de sobra sabéis a lo que me refiero, pero, ¿y los límites del molar? De eso nadie habla, ¿verdad?

Yo sé por qué.

Lo primero que supe de Peaky Blinders fue que le gustaba al Kane y salía Cillian Murphy. Como quiera que me fio bastante del Kane, que es mi colega y le aprecio un montón, y además soy mucho de Ken Loach y El viento que agita la cebada (2006) me gustó más que el final de Campeón de campeones, no me quedó otra que ponerme a verla.

Y la cabeza me voló.

No pasaba del minuto dos del primer capítulo, con ese Tommy Shelby a caballo entre el barro, el humo y las mugrientas paredes de ladrillos, con el musicón de fondo, y ya estaba flipao al nivel del día que entró la Supernintendo en mi casa, y eso, eso era el puto «Cerebro de la Bestia» joder, los que lo vivierais sabéis de lo que hablo.

Y aquí sigo flipao, semanas después de haber devorado la cuarta temporada y completamente roto por no haberme apellidado Shelby, aunque hubiera supuesto reducir mi esperanza de vida tres o cuatro décadas. Porque se pueden decir muchas cosas de la serie, ninguna mala, pero sin duda la más real de todas es que se trata de un puto producto perfectamente engrasado, endiabladamente pensado, y astutamente ejecutado para molar. Y solamente molar. Mucho. Todo el rato.

Nade habla de los límites del molar porque Peaky Blinders los ha pulverizado. Los ha cogido y de un patadón los ha colado en el tejado donde ya nadie pueda alcanzarlos. Se ha subido el puto balón a casa. Se acabó el juego. Mató al monstruo con la barra de vida intacta.

Caput.

C’est fini.

Sansacab.

Y eso es así y punto.

Claro que podréis encontraros gente que os diga: «No, The Wire es mejor». Ya, pero mola la mitad, «¿Y Breaking Bad?». Sí, esta guapa, pero mola menos y lo sabes. «¿¿Hijos de la Anarquía??» Bueno, ahí igual me tengo que callar, porque esto respira por debajo del nivel de las grandes series: The Wire, Mad Men, Black Mirror, Braking Bad, Juego de Tronos, Los Soprano… O lo que es lo mismo, Franziskaner en tu casa en calcetines, y baja al nivel que más me gusta a mí: Hijos de la Anarquía, Stranger Things, Spartacus, Firefly, es decir, Mahou con los colegas.

Y es que Peaky Blinders llega a molar tanto que, no lo neguemos, puede hasta llegar a sentar mal. Esta serie es como haber tenido en su época unas Reebook de Pump, o que te eligieran para hacer las pruebas con el Madrid, o para currar en la Coca Cola en los noventa, antes de dejar en la calle a media plantilla y pasarse por el forro las resoluciones judiciales (otra cosa no, pero soy de fuenla y eso es como tocarle Gondor a Faramir, si podéis pasaros a la Pepsi o al Jagermeister, según os pille la tarde, mejor).

Pero bueno, en cualquier caso, andaba yo cabalgando mi purasangre blanco por la campiña mientras le daba vueltas a porque molaba tanto la serie y al final, para no liarme y liaros a vosotros, he decidido que mola por muchas razones, pero quizás estas sean las más significativas:

LA ÉPOCA

Birmingham años 20, te quieres morir.

El retrato que hace es excesivamente bueno, os aviso. La serie dibuja un mundo que parecería ser de fantasía si no fuera porque es tan real como que mañana madrugáis. Un mundo donde se juntan gangsters, violencia policial, servicios secretos, italianos, sangre azul, comunistas, zángaros, boxeo, anarquistas de los que sabóan cómo iban las bombas, el IRA, carreras de caballos, destilerías clandestinas, brujería, barrios chinos, apuestas, caravanas gitanas, un mundo de fábricas, polución y ladrillo a tres calles de tranquilas campiñas, La Comarca rodeando Isengar, y es que el coctel es perfecto.

Perfecto y decorazonador.

Pensadlo un poco. Hablamos de una época donde la esperanza de vida, de haber nacido obrero, no debería superar los cuarenta años y en ese caldo, no pocos serían los que decidirían vivir delinquiendo o participando de las diferentes bandas porque total, para morir joven con los pulmones reventados, lo mismo te daba morir a balazos pero al menos borracho y con el lomo descansado. Porque sí, sin esperanza de futuro se delinque infinitamente mejor y agarra mejor la violencia, y es esa falta de apego por el futuro lo que hace que se dibujen personajes tan interesantes como los que ofrece la serie. Personajes extremos, con nada que perder, y un solo objetivo: sufrir y disfrutar según caiga la moneda.

Si a esto le sumamos que acaba de terminar la Primera Guerra Mundial y miles de jóvenes idealistas de barrios obreros que marcharon envueltos en sueños y ansias de gloria y regresaron destrozados, con la cabeza hecha trizas, y el umbral del dolor pulverizado, sabiendo manejar todo tipo de armas, con formación militar y experiencia en la masacre… Pues eso, cantera para los Peaky Blinders y de la más alta gama.

Esta es la atmósfera que destila la serie. Si a eso le sumas pubs tupidos de humo, whisky, cigarros que parecen saber a gloria, cañones modificados y canciones tristes… Diréis lo que queráis pero esto mola más que llegar a la final de Pasapalabra con Rajoy de contrincante.

LOS SHELBY

Los actores lo hacen tan bien que hasta asustan.

Para los que dicen que la ficción española está al nivel de otras ficciones del continente… Por favor, imaginaros a Rodolfo Sancho llevando el cotarro y luego me contáis.

En este sentido el nivel actoral es de quitarse la gorra, pero sobre todo la triada que forman Tommy Shelby (Cillian Murphy), un personaje atormentado con un cerebro criminal privilegiado, violento y contenido hasta la histeria, con una cara que abruma en cada mirada, en cada calada al cigarro, en cada trago de whisky… Arthur Shelby (Paul Anderson), el violento y descontrolado hermano mayor, una pasada de personaje siempre problemático, fiel, sórdido, terrible y adorable, icono desde el minuto uno, y Polly Gray (Helen McCrory), maldita sea compis, ¡tenéis que verla!

SALE TOM HARDY

Porque los protagonistas molan, pero ¿los secundarios?

De todos es sabido que la verdadera profesión de Tom es molar, y no lo hace mal el cabrón, pero aquí no es como en Taboo, que llega a cansar un poco, ¿aquí? Aquí es el puto Alfie Salomon, personajazo para la historia, del que su mínima mención ya supone un spoiler. Eso sí, genialmente dosificado de una manera tan gloriosa que te planteas seriamente si, como ser humano, te mereces realmente que existan guionistas echando tantas horas al bolígrafo para hacerte a ti tan feliz… Simplemente sin palabras.

Y no es el único. En la primera temporada, por no ir más lejos, sale Tommy Flanagan. ¿Y en la última Aidan Guillen? Madre de mi puta vida.

Y eso por no hablar de los papelones de Annabelle Wallis, Sam Neill, Gaite Jansen… Os da un blancazo os lo digo.

TIENE MUSICÓN

Nick Cave.

Si tras la sucesión de imágenes flipantes habéis notado que la música os levanta del sillón y os lleva a tomar por culo apuntad ese nombre.

LLEVAN CUCHILLAS EN LAS GORRAS

La estética, joder… La serie tiene un vestuario que derrama gloria a borbotones todo el rato y punto. Quien después de verla no quiera pillarse una puta gorra como las de ellos, o cualquiera de los chaquetones y vestidos que salen… no tiene sangre en las venas. Las cámaras lentas son gloria al nivel de jubilarse con treinta años. Escenacas míticas como cuando salen de la fiesta y se ponen los abrigos de camino al amanecer en la tercera temporada, o las chicas saliendo a quemar la noche en la segunda?

Y no pararía…

EL GUIÓN

LOS CABALLOS

EL ROLLO RAVNO DE ALGUNOS PERSONAJES

EL USO QUE SE HACE DE LOS ACEROS AFILADOS

EL TRANSFONDO CRÍTICO

EL TEMITA QUE SE TRATAN POR AQUEL ENTONCES LOS ITALIANOS

En resumen, una serie indispensable, que mejora a cada capítulo (en mi opinión la cuarta temporada y última hasta la fecha es la mejor de todas), cuyo principal objetivo, molar, lo cumple a la perfección. Una serie que dibuja un escenario donde se distingue a los seguidores de la serie del resto de humanos sin val?a alguna, haciéndonos sentir una guerra que se libra en el interior de los corazones de cada uno de nosotros, de cada una de nosotras, hombres y mujeres libres cuyo… vamos que tenéis que verla sí o sí, ¡por orden de los putos Peaky Blinders!.

No hay debate.

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